Me contaban el otro día en una comida unos detalles poco apropiados para una reunión de esas características.

Francia. Segunda mitad del s. XVIII. Última monarquía de Luis XVI antes de estallar la Revolución Francesa en 1789. Su mujer, María Antonieta de Austria, paseaba por el palacio de Versalles con aquellos vestidos de época. Como la higiene en esos años todavía dejaba mucho que desear, incluso en las clases más pudientes, María Antonieta se maquillaba con polvos blancos su delicada cara, que años más tarde sería pasada por la guillotina.

El detalle estriba precisamente en el maquillaje de la reina. O más bien en desmaquillaje que no se había inventado. Quiero decir con esto que todas las mañanas iba echándose capa tras otra, como quien cocina un pastel de tiramisú, kilos y kilos de maquillaje.

Ocurrió un día que la costra que tenía en la cara era tal que no pudiendo soportar siquiera su propia adherencia, reventó. Y dicen algunas referencias de la época que de ese reventón le salieron larvas de gusanos atrapados entre su piel y las sucesivas capas de maquillaje ya putrefacto. Todo un espectáculo.

Viéndola en la foto, quién diría que tenía una colonia de insectos debajo de esa piel tan perfecta…

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