Si nos fijamos en las ruedas de un coche, desde que empiezan a girar hasta que alcanzan mucha velocidad podemos ver distintos efectos.

Al principio apreciamos que comienza a girar y que la velocidad con la que lo hace va aumentando, en un determinado momento parece que la rueda va freando su velocidad (aunque sabemos que no es así), hasta que “se para”, pudiendo ver incluso detalles de la rueda, como las tuercas, por ejemplo. A partir de ese momento aparenta girar en sentido contrario cada vez más rápido, hasta que ya no somos capaces de ver más que movimiento a alta velocidad.

¿Qué pasa en esos momentos en que parece que está parada o que gira en sentido contrario al que lo hace?

Nuestros sentidos son sistemas de captura de la información de distinto tipo (sonido, temperatura, presión, etc.). En este caso, nos centraremos en la información visual.

Si entrar en el funcionamiento del mecanismo de la visión, podríamos decir que todo ocurre como si el ojo tomara fotos fijas y las fuera enviando al cerebro a muy alta velocidad.

Aunque la velocidad es muy alta, tiene un límite. ¿Qué ocurre cuando hay un cambio en la escena, que se deshace antes de la siguiente foto fija? Ocurre que no lo percibimos, es como el juego del “escondite inglés”.

Si la rueda da una vuelta completa antes de que se mande la siguiente “foto fija” al cerebro, nos parecerá que no se mueve, lo mismo si da dos vueltas o cienco entre dos “fotos”.

Dada la simetría de la rueda, si la rueda da “media vuelta justa” quizá también nos parezca que no se mueve.

Cuando la vemos girando en sentido contraro es porque la rueda le da tiempo a dar casi una vuelta completa entre dos “fotos fijas”. Así que en una foto tenemos al tornillo justo arriba del todo y en la siguiente un poquito más atrás, para nosotros es como si fuera despacito en sentido contrario.

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