Ya había ganas, y muchas. El domingo nos dirigimos temprano a la pequeña localidad oscense de Santa Cilia con un aeródromo que lleva el mismo nombre. Teníamos hecha la reserva desde marzo.

Todos estábamos dormidos, nerviosos, y yo personalmente, me había acostado y levantado mareado la noche anterior. Maldita casualidad.

Mientras firmábamos una serie de trámites por el “por si acaso”, comentábamos jocosamente “¿habéis traído las espátulas para que nos despeguen del suelo?”, “no os olvidéis de la escoba y la fregona para cuando acabe todo, no es plan de dar mala imagen a los salten después de nosotros”, “aquí se matan un fin de semana sí y otro no, que luego cuesta mucho el resucitar”…

Yune y Román fueron los primeros en saltar, luego nos tocó a nosotros.

La verdad es que todo fue muy rápido: colocación de arneses, chichoneras y gafas, comprobación del material y explicaciones de última hora. Fue entonces cuando subimos a la avioneta con cara sonriente y llenos de nervios por lo que nos esperaba. Cerramos la loneta de velcro, que luego abriríamos y que nos permitiría saltar, y despegamos. Aunque pequeña (íbamos montados 6 pasajeros incluido el piloto), la aeronave era estable. Sólo hizo un viraje cuando casi nos estrellamos con un buitre leonado, muy común alrededor del aeródromo (¿sería por algo?), hasta que llegamos a los 4.000 m. (más arriba había que saltar con oxígeno). No sé por qué, pero no estaba nervioso, quizás porque no sabía lo que me esperaba… Nos deseamos suerte chocando los puños y empezó la diversión: abrimos la loneta y me situé al borde del abismo cuando, sin ni siquiera una señal, estaba dando una vuelta en el aire perdiendo de vista la avioneta y al logotipo de “Turismo de Aragón” que se nos quedaba cada vez más lejos. La caída fue espectacular: 40 segundos a casi 200 km/h. Una sensación de ser libre y poder volar por una vez me embriagaba, aunque cayese como un piano de cola desde un rascacielos, hasta que se abrió el paracaídas, entonces noté cómo todo iba más despacio, aunque siguiésemos cayendo a una velocidad considerable, lo que me provocó cierta nostalgia de los trepidantes segundos anteriores. Poco a poco nos fuimos acercando al suelo sin grandes giros (aún me notaba algo mareado) contemplando el horizonte al mismo tiempo que el fin de nuestro trayecto y la “zona de aterrizaje paracaidística”. Ante la imposibilidad de subir las piernas para frenarnos, los dos nos clavamos en el suelo poniendo fin así a nuestro periplo volante. Después aterrizó mi compañero. Cuando nos incorporamos, me dí cuenta que por el aire se me había desprendido una lentilla y estampado contra la gafa de plástico. Esta vez pude, no como la última, recuperarla y conseguir abrirla sin que se me rompiese. Fue curioso. Aún así estaba inutilizable.

Fuera de la pista y con un hambre voraz, esperamos el último salto y nos dispusimos a degustar el menú del restaurante-bar adjunto. Después de la comida, un chapuzón y una ronda de toques con un pequeño balón dieron fin a esta jornada tan original.

En la foto, Fernando en el tándem y Juan a su derecha.

Y aunque no tuvimos vídeos, éste es una muestra de lo que pasa ahí arriba:

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