Últimamente pienso mucho en los trenes, y no es porque mi hermano sea un forofo de ellos y me esté contagiando. Y es que tengo un billete flamante para montarme en uno. Lo adquirí hace tiempo en la estación.

Todos los días visito y me doy una vuelta por los andenes viendo a la gente subir y bajar de los vagones. Es un tránsito imparable y frenético: unos entran en trenes vacíos, otros se montan en unos con muchos coches y otros esperan como yo en la plataforma viéndolos pasar. La gente sube y baja, cambia de un tren a otro mientras yo miro con incredulidad los destinos elegidos: trayectos cortos, transbordos o por el contrario locomotoras maravillosas para un viaje que les hará recorrer infinidad de kilómetros sin parar siquiera para coger pasajeros.

Esto de los trenes es un misterio, pienso mientras vuelvo a ojear el número de asiento del vagón que espero. A veces me entran ganas de imitar a la gente que veo en la estación: personas que suben y bajan acaloradamente y que día a día vuelvo a encontrarme en el mismo lugar. ¿Por qué esperar? Es el razonamiento dicotómico de estos últimos días. Podría subir a uno de esos trenes con mi billete y dejarme llevar hasta su próximo destino. Podría ser divertido, o podría acabar de nuevo en la estación en la que me encuentro ahora y viendo a la gente transitar como todos los días.

Mientras miro el reloj y degusto un emparedado en la cafetería, recuerdo con desdicha el 31 de diciembre de hace dos años. Ese día me había levantado como todos y había salido de mi casa con las maletas hacia la estación. Allí, sobre la 1.30 de la noche ví aquel ferrocarril, pero llegué tarde para variar. No era un convoy especial, pero cuando leí con detenimiento la información de las ventanillas del vestíbulo me dí cuenta que era lo que estaba buscando. Para entonces, irremediablemente, ya se había ido.

Y ahí estoy esperando su parada mientras una marabunta entra y sale de ellos frente a mis ojos.

Y es en estas fechas, tan propicias para viajar, cuando más me impaciento por su llegada. Quizás no vuelva, o quizás pare ante mí otro ferrocarril como aquél del 31 de diciembre con destino a la costa, que me brinde la oportunidad de un trayecto largo en el que ojear desde las ventanillas el azul del mar y el romper de las olas en la playa, que a mí tanto me gusta.

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