Sigo fascinándome con las entradas que Pepe Cervera incluye en su blog. En este caso, plantea el color de la maldad: blancos para los buenos, y negros para los malos. ¿Por qué?

Desde siempre la maldad es negra: negro corazón, oscuras intenciones, incluso negros sombreros (black hats) para designar a quienes tienen malvadas intenciones en el mundo de los ‘hackers‘ y en las viejas películas del Oeste. Y al contrario: la bondad, la verdad y la razón son blancos, puros, claros, como las ropas de los ángeles. Pero ¿por qué esta alineación tan particular? ¿Hay alguna razón estructural por la que el cerebro humano considere el blanco como cercano a lo bueno, y el negro a lo malo? Así parece, según una reciente investigación, que demostraría que blanco y bien y negro y mal son asociaciones con significado, desde antes incluso de que existiera la moral. El mal es negro porque es sucio.

Psicólogos estadounidenses han estudiado la relación entre el afán de limpieza, una característica claramente adaptativa, y la asociación de colores con rasgos morales. Y sus resultados son bastante definitivos: hay un vínculo entre la limpieza, la higiene, los colores claros y lo moralmente bueno; y entre la suciedad, los colores oscuros y lo malo. Los autores especulan con que nuestro cerebro habría evolucionado para mantenernos alejados de la suciedad, potencialmente infecciosa y siempre oscura, y para acercarnos a lo limpio, carente de mácula. El vínculo entre seguridad y colores claros por una parte, y riesgo y colores oscuros por la otra, se habría trasladado a la esfera moral.

Las metáforas, desde luego, son explícitas: el pecado es sucio, el villano está manchado, el vicio salpica. En cambio la santidad es inmaculada (carente de manchas), pura, blanca y radiante; la bondad limpia los pecados del mundo. Los buenos no llevan sombreros blancos por casualidad, sino porque son limpios y por lo tanto adaptativos; los malos señalizan su peligro para el futuro de nuestros genes con sus negros tocados.

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