En el caso de los humanos todos sabemos que el color habitual de las heces no varía más allá de lo parduzco. Esto se debe a que normalmente ingerimos alimentos de variados colores. De esta mezcla, como de la paleta de un pintor, nace el marrón. No hay más que acudir a unas témperas y hacer la prueba.

Sin embargo, existen excepciones a esta monocromía. No hay más que hacer memoria, si alguno tenemos afición por la remolacha. No sólo es el olor lo que se ve afectado por su ingesta, dado que se trata de un alimento que tiñe las heces. También modifica el color de nuestra caca la ingesta masiva de un alimento.

¿Pero y las boñigas rosas? Ese es el aspecto que tienen las heces de un cetáceo. La razón: las toneladas y toneladas de minicrustáceos que tiñen con su cuerpo los desechos de estos grandes animales.

Y para más inri aún,  los japoneses, que están muy familiarizados con las ballenas, y que aunque les encante todo lo escatológico  son muy pudorosos; han tenido la brillante idea (no sé si cierta o falsa) de inventar unas pastillitas rosas que si las ingieres hacen que tus heces huelan a la flor que lleva el mismo nombre.

La próxima vez que me bañe en el mar estaré atento a estos peculiares “pasteles”.

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