Este fin de semana ha sido un poco alocado. Salir el viernes, comer a todo correr y coger el avión en Biarritz un par de horas más tarde. Destino: París. Allí nos esperaba una muy buena amiga para hacernos pasar un fin de semana inolvidable.

El viernes llegamos a Orly sobre las 21:15. Un cartel de “bienvenidos Makokis” nos recibió junto a nuestra anfitriona y su amiga francesa, Marie. Llegamos a Melun apretujados en el Clio rojo con matrícula española, donde cenamos nada más llegar.  Estábamos exhaustos y decidimos descansar para reponer fuerzas. El día siguiente se presentaba bastante movido. Antes de irnos a dormir, abrimos nuestras maletas llenas de productos de la tierra y ropa que su madre nos había encargado le trajésemos.

El sábado nos levantamos un poco perezosos, pero de buena gana, al recordar el incidente del día anterior al salir al baño. La verdad que esos pasillos daban un poco de miedo. Nos avituallamos con unas tostadas y nos dirigimos a la estación del RER, allí cogimos el tren con dirección a la Gare de Lyon. Aunque superábamos la edad permitida, cogimos el abono joven, total, sólo había que vernos las tonterías que estuvimos haciendo durante todo el viaje…

La primera parada después del transbordo fue el Sacré Coeur. De allí nos dirigimos a los jardines de Luxemburgo y el panteón, donde degustamos un helado italiano con forma de flor. ¡Estaba riquísimo! Bajamos por el Boulevard Saint-Michel donde nos encontramos con Marie y comimos en una crepería de la zona.

Después de comer y comprobar que había más españoles rondando por la ciudad, nos dirigimos a Notre Dame y Pompidou. Había buen ambiente, pero nuestras amigas tenían el compromiso de comprar un regalo para la chica que por la noche veríamos en la crémaillère en Nemours, así que nos encaminamos a las Galerías Lafayette. Fue difícil resistir la tentación y nosotros también picamos, animados por adquirir uno de los pasteles más famosos de la zona: los macarons. Aunque un poco desilusionados por su sabor-precio, caminamos hacia Ópera cuando comenzó una repentina tormenta. En la boca del metro una amiga dio un traspiés con el que nos asustó, pero del que luego hicimos jugosas bromas de las que ella también estuvo participando un buen rato.

Salimos del Métropolitain en los campos de Marte, dispuestos a tomar unas instantáneas saltando ante la torre Eiffel, subimos hasta el segundo piso tras dejar 670 escaleras de recorrido, de las que nos acordaríamos algunos al día siguiente.

De vuelta, montamos en otro RER hacia Melun, cenamos un poco, recogimos a Marie y nos dirigimos a Nemours. Ya de regreso, atravesamos Fontainbleu y divisamos dos ciervos en la carretera, muy habituales por la espesura de los bosques colindantes.

El domingo no madrugamos. Sobre las 12:00 empezamos a abrir el ojo, desayunamos y preparamos la comida: patatas a la riojana. Mientras se gestaba la receta en dos cazuelas, compramos baguettes y paseamos brevemente por la ciudad. Curiosamente, nos explicaron que la población de la localidad estaba compuesta mayoritariamente por enfermos (había dos complejos hospitalarios), borrachos y presos; sumándonos nosotros al grupo de locos que viajaron a París para un fin de semana…

Esta locura hay que repetirla.

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