Algún día tuvo que ser. Concretamente hacia el 1170 a. C. con el reinado de Ramsés III. Los egipcios dieron el pistoletazo de salida de una de las reivindicaciones laborales más antiguas.

Todo comenzó en un poblado de la ribera occidental del Nilo llamado Deir el-Medina, uno de los más prósperos asentamientos de obreros y artesanos del Antiguo Egipto. Contaban que, antes de dar comienzo a cualquier obra, artesanos y obreros firmaban un contrato en el que se ajustaba la duración del trabajo y el salario. Este se pagaba en especie, en forma de raciones mayores o menores en función de la categoría de cada cual. Además, las familias cultivaban pequeñas parcelas y criaban cerdos, cabras y ovejas.

El periodo laboral era de diez días, a razón de ocho horas diarias, y comenzaba al salir el sol. Al acabar, no regresaban al pueblo sino que pasaban la noche en unas casas provisionales, levantadas al lado del Valle de los Reyes.

Sólo se podía faltar por enfermedad, por el cumpleaños de la madre o por ausencia de la mujer, pero en la práctica había toda clase de excusas: cuidar un burro enfermo, preparar una fiesta, o la muerte de un familiar, motivos todos ellos que, en teoría, conllevaban una sanción.

Pero un buen día, el pago de salarios se retrasó más de lo acostumbrado, y los trabajadores, empujados por el hambre, abandonaron sus trabajos y se lanzaron a las calles hasta conseguir sus objetivos.

Años después, con Ramsés IX y Ramsés X se repitió la historia.

Anuncios