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En muchos países es costumbre, cuando se celebra un cumpleaños o un aniversario, poner velas en un pastel o tarta y soplarlas. Sobre el comienzo de esta costumbre hay varias versiones.

La teoría más extendida se remonta a la Grecia clásica, donde se realizaban fiestas, en noches de Luna llena, en honor a la diosa Artemisa. En estos festejos se colocaban velas sobre dulces redondos con el objetivo de proporcionar al dulce el aspecto luminoso de la Luna, pero también con la idea de conectar con la divinidad a través del humo que las velas desprendían tras ser sopladas. Los griegos creían que con este ritual, Artemisa proporcionaba protección a quienes participaran en la ceremonia.

Más tarde, el rito fue censurado por el cristianismo por considerarlo una práctica pagana. Con el paso del tiempo, fue diluyéndose el significado primario del acto y su práctica comenzó a asociarse a la esperanza de ver cumplido un sueño o deseo. Hacia el siglo IV, el cristianismo dio su beneplácito a la tradicional práctica.

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Algún día tuvo que ser. Concretamente hacia el 1170 a. C. con el reinado de Ramsés III. Los egipcios dieron el pistoletazo de salida de una de las reivindicaciones laborales más antiguas.

Todo comenzó en un poblado de la ribera occidental del Nilo llamado Deir el-Medina, uno de los más prósperos asentamientos de obreros y artesanos del Antiguo Egipto. Contaban que, antes de dar comienzo a cualquier obra, artesanos y obreros firmaban un contrato en el que se ajustaba la duración del trabajo y el salario. Este se pagaba en especie, en forma de raciones mayores o menores en función de la categoría de cada cual. Además, las familias cultivaban pequeñas parcelas y criaban cerdos, cabras y ovejas.

El periodo laboral era de diez días, a razón de ocho horas diarias, y comenzaba al salir el sol. Al acabar, no regresaban al pueblo sino que pasaban la noche en unas casas provisionales, levantadas al lado del Valle de los Reyes.

Sólo se podía faltar por enfermedad, por el cumpleaños de la madre o por ausencia de la mujer, pero en la práctica había toda clase de excusas: cuidar un burro enfermo, preparar una fiesta, o la muerte de un familiar, motivos todos ellos que, en teoría, conllevaban una sanción.

Pero un buen día, el pago de salarios se retrasó más de lo acostumbrado, y los trabajadores, empujados por el hambre, abandonaron sus trabajos y se lanzaron a las calles hasta conseguir sus objetivos.

Años después, con Ramsés IX y Ramsés X se repitió la historia.

Eso debieron pensar los productores de Paramount Studios en 1927 al situar diversas localizaciones mundiales en el mapa de California.

Es curioso encontrar a Holanda cerca de Venecia frente al bosque de Sherwood, a Gales cerca de las costas españolas y en frente de las islas del Pacífico sur, a Suiza, los Alpes franceses y a Siberia no muy lejos de la costa inglesa y del río Nilo. ¿Y es que el mundo entero está en California? O más bien, ¿es California?… Ésto sólo puede pasar en el cine… ésto sólo puede pasar en Hollywood.

He aprovechado estos días para escaparme por la ciudad más emblemática de Escocia y varios rincones de las Tierras Altas, allí llamadas Highlands.

Inevitablemente todo el tráfico del país se rige conduciendo por la izquierda, pero ¿cuál es la causa?

Un guía local nos explicó que los orígenes se remontan a la Edad Media con la conducción de carruajes por angostos caminos. En el supuesto caso que se cruzasen dos vehículos, ambos iban por la izquierda, puesto que la mayoría de las personas son diestras y utilizaban esa mano para empuñar más fácilmente un arma. En aquellos oscuros tiempos era frecuente el verse obligado a recurrir a las armas para defenderse de un ataque, pues habían muchos salteadores de caminos y maleantes. Y de esta manera se tenía al oponente más cerca y al alcance.

Pero todo esto cambió con la Revolución francesa. A finales del siglo XVIII Napoleón hizo que sus carruajes atravesaran toda Europa por el lado derecho de las calzadas, imponiendo así tal costumbre en todos los territorios ocupados por sus tropas. Así se entiende que en los países europeos no ocupados por las tropas napoleónicas se siguiera circulando por la izquierda. Lo que ocurrió en Finlandia hasta 1858, año en el que cambió a circular por la derecha; o en Suecia hasta 1967; o en algunas partes de Austria hasta 1920. O lo que sigue ocurriendo en Gran Bretaña, que nunca cambió y en cuyas carreteras se sigue circulando por el lado izquierdo.

A modo de curiosidad, destacar que hasta 1930, en España no había una regulación del tráfico. Barcelona circulaba por la derecha mientras Madrid lo hacía por la izquierda. En 1924 Madrid cambió a circular por la derecha, seis años antes que se oficializara la norma de circulación.

¡Qué lío! ¿verdad? Más nos lo armamos nosotros a la hora de cruzar las aceras o de conducir un coche. Eso sí, en pocos días la adaptación cognitiva es posible.

Vuelvo a quedarme asombrado con los datos que arroja y recoge en su blog Pepe Cervera en uno de sus artículos.

Últimamente están trístemente de moda las catástrofes relacionadas con los movimientos tectónicos. Pero parece que eso nos pilla un poco lejos.

Si nos remontamos hacia atrás varios millones de años, podemos constatar un fenómeno que nos afectó directamente: el llenado del mar Mediterráneo. La cuenca mediterránea tardó en llenarse de unos meses a dos años gracias a una descarga de agua, según los investigadores, que llegó a ser mil veces superior al actual río Amazonas.

Esta es una de las principales conclusiones de un estudio de investigadores del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) publicado en Nature, en el que se recuerda que el mar Mediterráneo llegó casi a secarse hace unos seis millones de años, al quedar aislado de los océanos durante un largo período de tiempo, debido el actual levantamiento tectónico del Estrecho de Gibraltar.

Cuando las aguas del Atlántico encontraron de nuevo un camino a través del Estrecho, llenaron el Mediterráneo, con la mayor y más brusca inundación que ha conocido nunca la Tierra, según los científicos.

La enorme descarga de agua, iniciada probablemente por el hundimiento tectónico del Estrecho y el desnivel de ambos mares (de unos 1.500 metros), llenó el Mediterráneo a un ritmo de hasta diez metros diarios de subida del nivel del mar.

La inundación que conectó el Atlántico con el Mediterráneo provocó en el fondo marino una erosión de cerca de 200 kilómetros de longitud y varios kilómetros de anchura, según este estudio.

Toda una catástrofe medioambiental de proporciones bíblicas que, afortunadamente, no vivimos.

Estos días he estado visitando la exposición itinerante de Atapuerca y me han venido a la cabeza varias reflexiones.

La niña más vieja  del mundo, Lucy, de unos 3,3 millones de años, apareció en 1974 tras unas excavaciones realizadas por el estadounidense Donald Johanson en la región de Afar en Etiopía.

Curiosamente, la región de Afar es una de las más hostiles del mundo. Con sus temperaturas medias de 34ºC, los hombres y mujeres están sometidos a unas duras condiciones de vida, que les han llevado a unos niveles de adaptación extraordinarios.

Me comentaba, sin ir más lejos, el otro día un compañero que varias personas que están trabajando en la zona, como los que descubrieron a Lucy, aparecieron en un programa de National Geographic donde, a parte de mostrar los hallazgos arqueológicos de la zona, comparaban la resistencia física en esas condiciones tan extremas. La cosa fue que el trabajador etíope, con un sol de justicia, se puso a sacar arcilla del suelo. Le estuvieron midiendo la temperatura corporal y se pasó, tan tranquilo, toda la mañana con la pala, dale que te pego. Sin embargo, la odisea del geólogo inglés fue muy distinta. A los 10 minutos de cavar su temperatura corporal se había disparado hasta los 38,7º C y estaba más baldado que un trapo.

No sé que tendrá esa región primigenia, pero en lo que se refiere en términos evolutivos nos llevan un punto de ventaja. Sólo hay que ver la resistencia físca de los atletas etíopes, junto con los rasgos, curiosamente occidentales y hermosos, de las mujeres.

El otro día encontré una página en la que su autor ofrece un sencillo emulador basado en la tecnología de GoogleMaps, en el que puedes probar el devastador efecto de una bomba atómica.

Y hay unas cuantas. Desde “Little Boy” hasta el impacto de un asteroide, pasando por un explosivo ruso de 50 megatones. Curioso, pero intrigante.

Burj Khalifa se ha convertido hoy en la estructura más alta construida por el hombre. Este mastodonte de 828 m. de altura, que se dice pronto, ha batido todos los récords en la ingeniería de rascacielos.  6 años y más de 20.000 millones de dólares lo contemplan. Y cómo no, Dubái ha sido la ciudad que ha acogido esta idea megalómana.

Algunos datos y curiosidades de este gigante:

– 162 plantas. Dentro del Burj Khalifa se encontrará el primer hotel de la marca Armani (en las primeras 39 plantas), 700 apartamentos privados de lujo (plantas de la 45 a la 108), un mirador (planta 123), un observatorio (planta 124) y oficinas (resto de las plantas hasta la planta 156).

– 53 ascensores que viajan a 65 km/h.

– 2.467 m. son la sombra que proyecta este “pequeño” edificio.

– La cantidad de paneles de vidrio que tiene el Burj Khalifa lograrían tapizar hasta unos 17 estadios de fútbol.

– Tiene un peso de 7 millones de toneladas.

– El edificio prevé gastar diariamente casi 1 millón de litros de agua.

– Puede ser visto a 95 km. de distancia.

No obstante, el eventual reinado del Burj Khalifa como estructura más alta, al parecer, será efímero, ya que se encuentra el proyecto de un rascacielos de 1.050 metros de altura. ¿Dónde? En Dubái, naturalmente.

Sigo fascinándome con las entradas que Pepe Cervera incluye en su blog. En este caso, plantea el color de la maldad: blancos para los buenos, y negros para los malos. ¿Por qué?

Desde siempre la maldad es negra: negro corazón, oscuras intenciones, incluso negros sombreros (black hats) para designar a quienes tienen malvadas intenciones en el mundo de los ‘hackers‘ y en las viejas películas del Oeste. Y al contrario: la bondad, la verdad y la razón son blancos, puros, claros, como las ropas de los ángeles. Pero ¿por qué esta alineación tan particular? ¿Hay alguna razón estructural por la que el cerebro humano considere el blanco como cercano a lo bueno, y el negro a lo malo? Así parece, según una reciente investigación, que demostraría que blanco y bien y negro y mal son asociaciones con significado, desde antes incluso de que existiera la moral. El mal es negro porque es sucio.

Psicólogos estadounidenses han estudiado la relación entre el afán de limpieza, una característica claramente adaptativa, y la asociación de colores con rasgos morales. Y sus resultados son bastante definitivos: hay un vínculo entre la limpieza, la higiene, los colores claros y lo moralmente bueno; y entre la suciedad, los colores oscuros y lo malo. Los autores especulan con que nuestro cerebro habría evolucionado para mantenernos alejados de la suciedad, potencialmente infecciosa y siempre oscura, y para acercarnos a lo limpio, carente de mácula. El vínculo entre seguridad y colores claros por una parte, y riesgo y colores oscuros por la otra, se habría trasladado a la esfera moral.

Las metáforas, desde luego, son explícitas: el pecado es sucio, el villano está manchado, el vicio salpica. En cambio la santidad es inmaculada (carente de manchas), pura, blanca y radiante; la bondad limpia los pecados del mundo. Los buenos no llevan sombreros blancos por casualidad, sino porque son limpios y por lo tanto adaptativos; los malos señalizan su peligro para el futuro de nuestros genes con sus negros tocados.

Según un estudio recientemente publicado es posible que más de un tercio de los dinosaurios que conocemos no hayan existido jamás. No es que nos hayamos inventado los huesos, sino que su interpretación estaría equivocada: los paleontólogos habrían definido como nuevas especies los restos de ejemplares juveniles de especies mayores. Algunas de las especies en nuestros libros no serían dinosaurios pequeños, sino crías de dinosaurio. Al no tener en cuenta el crecimiento, los científicos habrían confundido ejemplares que murieron antes de alcanzar la madurez con nuevas variedades. Nuestro conocimiento del Mesozoico se basaría por tanto en datos erróneos; la variabilidad de formas del grupo de los dinosaurios sería mucho menor de lo que pensábamos.

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