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Estos días he dejado un poco abandonado el blog. Ya lo sé. He tenido tantos líos y tantos viajes como para publicar unas cuantas entradas. Unos 18.120 kms. este mes lo avalan. ¡Y eso que sólo tuve una semana de vacaciones!

Ahora toca el descanso veraniego de verdad. El que espero que marque un antes y un después. Y es que tengo una deuda pendiente y una espinita con el Camino de Santiago, que comenzaré (o más bien retomaré) este domingo.

Esperamos llegar en 24 días si todo sale bien, así que dejaré de lado los post en este espacio por un mes. Delante nos quedan 600 km. que recorrer a pie con paciencia y disfrutando de cada tramo en la mejor compañía.

Hasta pronto.

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Si te cambias de fila en un supermercado, ¿qué es lo que ocurrirá? La fila en la que acabas de marcharte se moverá cada vez más rápido.

Ya sabes lo que ocurrirá, porque hay una ley de vida que dice que “si algo puede ir mal, lo hará”. Es la conocida ley de Murphy, y toma su nombre del capitán Edward Murphy, un ingeniero de aviones americano de los años cuarenta.

Edward Murphy estuvo investigando el por qué de los accidentes de avión, y lo cual no nos soprende, se ganó su reputación por pensar siempre lo peor que podría ocurrir en cada situación.

‘Desiderata’, del latín ‘desideratum’, significa: ‘conjunto de las cosas que se echan de menos y se desean’.

Ayer, sin ir más lejos, pude contar con ellas por partida doble. Me quedo con un presente que recordaré por ser uno de los textos favoritos de ‘mi isla’.

Tiene una leyenda acerca de su origen, unos creen que es un anónimo del siglo XVI encontrado en un monasterio, por otra parte, otros afirman que el autor es el abogado y filósofo de Harvard, Max Ehrman.

Si importarme la autoría, yo me deleito con el texto:

Camina plácidamente entre el ruido y la prisa, y recuerda que puedes encontrar la paz en el silencio. Hasta donde te sea posible trata de mantener  buenas relaciones con todo el mundo; dí tu verdad serena y claramente y escucha a los demás, incluso al torpe y al aburrido, ellos también tienen su propia verdad. Evita las personas ruidosas y agresivas, porque son un mal para el espíritu.

Si te comparas con los demás, te volverás vanidoso y amargado, porque siempre habrá personas mejores o peores que tú. Disfruta de tus éxitos lo mismo que de tus planes. Mantén el interés en tu propia carrera, por más humilde que ésta sea, es lo único verdadero que posees. Sé cauto en los negocios; porque el mundo está lleno de  egoísmo, pero no permitas que esto te ciegue al punto de no ver que la virtud existe; muchas personas luchan por nobles ideales y en todas partes la vida esta llena de heroísmo.

Sé tú mismo. En especial no finjas afecto. No seas cínico en el  amor; porque a pesar de toda la aridez y desengaño, es tan perenne como la hierba. Alimenta la fortaleza de tu espíritu para que te proteja contra la adversidad. No te atormentes con tu imaginación. Muchos temores nacen de la fatiga y la soledad. Además de una sana disciplina, sé gentil contigo mismo. Tú eres una criatura del universo, no menos que los arboles y las estrellas. Tienes derecho a existir

Y aunque esté claro o no para ti, no dudes que el universo marcha como debe ser; por lo tanto, debes estar en paz con dios, de cualquier manera que lo concibas, sin importar cuál sea tu idea de él y cualesquera que sean tus trabajos y aspiraciones. En la ruidosa confusión de la vida, mantén la paz con tu espíritu, porque a pesar de toda la hipocresía, del arduo trabajo y de los sueños fallidos, el mundo es todavía un lugar hermoso.

Sé alegre; esfuérzate por ser feliz.’

Magnífico. Mil y un gracias.

Hoy tengo ganas de filosofar un poco.

Esta pregunta tan ocurrente ha sido una de las cuestiones más debatidas a lo largo de la historia por su trasfondo metafísico. Desde Aristóteles hasta Stephen Hawkin se han planteado la pregunta: ¿que fue primero, la gallina o el huevo?

Para mí está claro que primero fue el huevo por una razón de peso. Es como preguntarse si antes fue el mono o el hombre. Todos sabemos que antes de originarse la vida en la Tierra, ésta comenzó millones de años atrás en el mar. Los peces ya ponían huevos antes de que existiesen las aves.

El profesor John Brookfield, especialista de genética de la evolución de la Universidad de Nottingham (Inglaterra), a quien se planteó la adivinanza, dijo que la cosa estaba para él absolutamente clara.

El organismo vivo en el interior del huevo tenía el mismo ADN que el animal en el que luego se convertiría, por lo que “la primera cosa viva que podemos calificar sin temor a equívocos miembro de esa especie es el primer huevo”.

Siempre digo que debería haber nacido en otro país. Debería haber sido francés, les comento muchas veces a mis amigos bromeando.

Me avergüenzo en bastantes ocasiones de la situación actual de España. No aprendemos. Ya se podría dar el dicho de “cuando las barbas de tu vecino veas cortar, pon las tuyas a remojar”. Pero debemos vivir en un chalé con vistas a la montaña, porque de nuestros vecinos poco nos interesa lo que hacen bien. Y debería. Para nuestro propio beneficio. Copiar mejorando, lo llamo yo.

Sin embargo, si el vecino se lastima un pie, ahí estamos como porteras cotilleando y regocijándonos con la desgracia ajena.

Todo esto viene, no porque quiera arreglar el mundo de un plumazo, sino por un correo que he recibido esta tarde. ¡Qué razón tiene nuestro amigo Forges!¡Más que un santo! Los tiempos cambian, pero esté quien esté en el poder, tenemos los mismos perros con distintos collares.

Menos mal que siempre nos quedará el humor.

Estos días he estado visitando la exposición itinerante de Atapuerca y me han venido a la cabeza varias reflexiones.

La niña más vieja  del mundo, Lucy, de unos 3,3 millones de años, apareció en 1974 tras unas excavaciones realizadas por el estadounidense Donald Johanson en la región de Afar en Etiopía.

Curiosamente, la región de Afar es una de las más hostiles del mundo. Con sus temperaturas medias de 34ºC, los hombres y mujeres están sometidos a unas duras condiciones de vida, que les han llevado a unos niveles de adaptación extraordinarios.

Me comentaba, sin ir más lejos, el otro día un compañero que varias personas que están trabajando en la zona, como los que descubrieron a Lucy, aparecieron en un programa de National Geographic donde, a parte de mostrar los hallazgos arqueológicos de la zona, comparaban la resistencia física en esas condiciones tan extremas. La cosa fue que el trabajador etíope, con un sol de justicia, se puso a sacar arcilla del suelo. Le estuvieron midiendo la temperatura corporal y se pasó, tan tranquilo, toda la mañana con la pala, dale que te pego. Sin embargo, la odisea del geólogo inglés fue muy distinta. A los 10 minutos de cavar su temperatura corporal se había disparado hasta los 38,7º C y estaba más baldado que un trapo.

No sé que tendrá esa región primigenia, pero en lo que se refiere en términos evolutivos nos llevan un punto de ventaja. Sólo hay que ver la resistencia físca de los atletas etíopes, junto con los rasgos, curiosamente occidentales y hermosos, de las mujeres.

En una fría mañana de enero, un hombre se apostó en la entrada de una estación del metro de Washington y se puso a tocar el violín. Durante 45 minutos, los que pasaban escucharon pasajes de las seis piezas de J. S. Bach que fueron ejecutadas. Como era hora punta, se calcula que por allí pasaron miles de personas, la mayoría dirigiéndose directamente al trabajo.

Durante los 45 minutos que estuvo tocando, el violinista consiguió 32 dólares y tuvo seis espectadores. Al final no hubo aplausos ni nadie que pidiese un bis. Una mujer, en un momento dado, dijo que lo había visto el día anterior (ella fue la única persona que paró de verdad para escucharlo) y añadió que sentía una gran admiración por su trabajo.

El violinista se llama Joshua Bell y el experimento fue completamente filmado por el periódico The Washington Post.

Dos días antes del experimento del metro, Bell había llenado un teatro de Boston con espectadores que, como mínimo, pagaron 100 dólares por verlo. Tanto en el teatro de Boston como en la estación de metro, el músico empleó un Stradivarius, un violín valorado en 3,5 millones de dólares. Las piezas interpretadas se consideran las más difíciles de Bach para tal instrumento. Cuando el periodista le preguntó lo que había sentido, Bell no escondió su decepción: las personas eran incapaces de reconocer la belleza si no se encontraban dentro de los parámetros considerados normales para poder apreciar una obra de arte.

La idea del periódico The Washington Post fue justamente ésa: realizar un ensayo sociológico sobre el comportamiento del ser humano. Las personas, al pasar junto a algo absolutamente sublime, teniendo en ese momento otras ideas en la cabeza (en este caso concreto, la ida al trabajo, con la incapacidad de distraer la atención hacia lo que sucede alrededor, más la tendencia a pensar mediante tópicos del tipo «todos los músicos del metro son unos fracasados que no consiguen ir más allá de un límite ínfimo de talento»), no le prestan la más mínima atención.

¿Me habría detenido yo a escuchar a Joshua Bell? No lo sé. Creo que, como todo el mundo, yo también estoy condicionado por los ritos del arte, como son los teatros, los precios caros y cosas de ese tipo. Pero la noticia me sonó como una alerta: si no disponemos de un momento para pararnos y escuchar a uno de los mejores violinistas del mundo, ¿qué cantidad de otras cosas bellas no estaremos perdiendo en nuestra vida?

Esta es una breve historia que, aunque extensa para este pequeño blog, ahora resume un poco mi situación personal. Es el prólogo de una obra de un escritor bastante conocido y me gusta releerla de vez en cuando. Y es que el puente da para pensar y recapacitar las cosas.

– En la playa al este de la aldea, existe una isla, con un gigantesco templo lleno de campanas – dijo la mujer.

El niño reparó que ella vestía ropas extrañas y llevaba un velo cubriendo sus cabellos. Nunca la había visto antes.

– ¿Tú ya lo conoces? – preguntó ella -. Ve allí y cuéntame qué te parece.

Seducido por la belleza de la mujer, el niño fue hasta el lugar indicado. Se sentó en la arena y contempló el horizonte, pero no vio nada diferente de lo que estaba acostumbrado a ver: el cielo azul y el océano.

Decepcionado, caminó hasta un pueblecito de pescadores vecino y preguntó sobre una isla con un templo.

– Ah, esto fue hace mucho tiempo, en la época en que mis bisabuelos vivían aquí – dijo un viejo pescador -. Hubo un terremoto y la isla se hundió en el mar. Sin embargo, aun cuando no podamos ya ver la isla, aún escuchamos las campanas de su templo, cuando el mar las agita en su fondo.

El niño regresó a la playa e intentó oír las campanas. Pasó la tarde entera allí, pero sólo consiguió oír el ruido de las olas y los gritos de las gaviotas.

Cuando la noche llegó, sus padres vinieron a buscarlo. A la mañana siguiente, él volvió a la playa; no podía creer que una bella mujer pudiese contar mentiras. Si algún día ella regresaba, él podría decirle que no había visto la isla, pero que había escuchado las campanas del templo que el movimiento del agua hacía que sonasen.

Así pasaron muchos meses; la mujer no regresó, y el chico la olvidó; ahora estaba convencido de que tenía que descubrir las riquezas y tesoros del templo sumergido. Si escuchase las campanas, sabría su localización y podría rescatar el tesoro allí escondido.

Ya no se interesaba más por la escuela, ni por su grupo de amigos. Se transformó en el objeto de burla preferido de los otros niños, que acostumbraban a decir: “Ya no es como nosotros, prefiere quedarse mirando el mar porque tiene miedo de perder en nuestros juegos”.

Y todos se reían, viendo al niño sentado en la orilla de la playa.

Aun cuando no consiguiese escuchar las viejas campanas del templo, el niño iba aprendiendo cosas diferentes. Comenzó a percibir que, de tanto oír el ruido de las olas, ya no se dejaba distraer por ellas. Poco tiempo después, se acostumbró también a los gritos de las gaviotas, al zumbido de las abejas y al del viento golpeando en las hojas de las palmeras.

Seis meses después de su primera conversación con la mujer, el niño ya era capaz de no distraerse por ningún ruido, aunque seguía sin escuchar las campanas del templo sumergido.

Otros pescadores venían a hablar con él y le insistían:

– ¡Nosotros las oímos! – decían.

Pero el chico no lo conseguía.

Algún tiempo después, los pescadores cambiaron su actitud.

– Estás demasiado preocupado por el ruido de las campanas sumergidas; olvídate de ellas y vuelve a jugar con tus amigos. Puede ser que sólo los pescadores consigamos escucharlas.

Después de casi un año, el niño pensó: “Tal vez estos hombres tengan razón. Es mejor crecer, hacerme pescador y volver todas las mañanas a esta playa, porque he llegado a aficionarme a ella”. Y pensó también: “Quizá todo esto sea una leyenda y, con el terremoto, las campanas se hayan roto y jamás vuelvan a tocar”.

Aquella tarde, resolvió volver a su casa.

Se aproximó al océano para despedirse. Contempló una vez más la Naturaleza y, como ya no estaba preocupado con las campanas, pudo sonreír con la belleza del canto de las gaviotas, el ruido del mar, el viento golpeando las hojas de las palmeras. Escuchó a lo lejos la voz de sus amigos jugando y sintióse alegre por saber que pronto regresaría a sus juegos infantiles.

El niño estaba contento y – en la forma en que sólo un niño sabe hacerlo – agradeció el estar vivo. Estaba seguro de que no había perdido su tiempo, pues había aprendido a contemplar y a reverenciar a la Naturaleza.

Entonces, porque escuchaba el mar, las gaviotas, el viento en las hojas de las palmeras y las voces de sus amigos jugando, oyó también la primera campana.

Y después otra.

Y otra más, hasta que todas las campanas de templo sumergido tocaron, para su alegría.

El otro día visualicé este vídeo por casualidad. ¡¿Cómo se puede tener tan poca vergüenza para difundir esto por un medio de comunicación?!

Menuda campaña contra el preservativo. Seguro que ellos no han visto a un africano en su vida.

¿”Manos no aptas”? Menos mal que los alienados presentadores de esta cadena sí que tienen manos aptas, la pena que sean personas ciegas y estúpidas para ver un problema que clama al cielo.

El otro día echándome una siesta empezó esa molesta saliva a deslizarse por mi boca y a querer escapar. Y en medio de ese estado de transposición me pregunté por qué tiende a caérsenos la baba.

Buceando por internet encontré las diferencia. Por lo que se ve distinguen 2 tipos de sueño según la salivación: está en el que babeamos, y en el que la boca se seca.

De hecho, durante el sueño, la producción de saliva se detiene, esto es en el sueño profundo normal. En cambio en el sueño de “cansancio”,  el típico sueño de siesta, que es un sueño más liviano, es un estado de relajación alto que responde a una situación fisiológica de cansancio,  y el cuerpo sigue con sus funciones cotidianas, entre ellas, la salivación. La diferencia es que como estamos tan relajados, la boca se nos queda abierta, y se cae la baba.

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